Dos formas diferentes de vivir el autorretrato | Diario

La pasada semana fue increíble a muchos niveles.

Realicé uno de mis viajes a Madrid y allí intercambié abrazos, risas y anécdotas con compañeras y amigas.

Invertí horas en tratar de aclarar un proyecto personal que te contaré más adelante. Tengo ganas de poder darte más detalles sobre él, pero a la vez me da dolor de barriga sólo de pensar en ello… Es de esas ideas chulas pero que te anudan la garganta.

Y además, hubo una explosión de mensajes como respuesta al post de la semana pasada.

La bandeja de entrada está llena de palabras bonitas, de historias personales, de ánimos y de abrazos. De mucho sentimiento compartido. Me encanta lo que se puede llegar a crear a través de las redes. El trabajo no siempre es fácil, pero cuando hay muestras de tanto cariño y cercanía, se me infla el pecho y la sonrisa no desaparece de mi cara en un buen tiempo.

Así que, antes de seguir con mi diario, siento la necesidad de mirarte a los ojos y darte las gracias por tu tiempo, por escucharme y, sobre todo, por compartir también tu historia conmigo. GRACIAS, de verdad ♥

La llamada del autorretrato

Cuando me hice mi primer autorretrato, lo hice corriendo, sin pensar, esperando que nadie me viese hacerlo.

Sentía una  mezcla de vergüenza, miedo y pánico escénico. Pero me obligué a mostrarle al mundo esa foto que me hice porque estaba comprometida con un proyecto personal, y debía de cumplir.

Puede parecer una tontería, pero ese fue el primer gran muro que eché abajo gracias a la fotografía.

Yo seguía a un montón de mujeres que se autorretrataban y sentía admiración por la seguridad que demostraban al hacerlo y por las fotos que tenían de sí mismas, que a mí me cortaban la respiración.

Cuando todo el mundo maquilla, esconde y “posturea”, ellas hacían públicos pedacitos de su personalidad. Había mucha verdad en esas imágenes.

Me parecían mujeres fuertes, capaces de todo lo que se propusiesen. Y fijarme en ellas me dio pie a embarcarme en mi propio camino, un poco sin darme cuenta por aquel entonces.

Comienzas intentando emular a alguien por quien sientes devoción. Sin darte cuenta, vas dando pasitos hacia tu libertad de expresión y tu propio estilo. Porque a cada avance, aunque sea milimétrico, estás derrotando esos miedos que te amordazan. Aprendes, te ves cada día más cómoda y descubría detalles de mí que antes pasaba por alto.

El autorretrato me había llamado y yo estaba enganchada.

2 formas de expresar con el autorretrato

A medida que iba siguiendo fotógrafas en las redes, me di cuenta de que el autorretrato tenía dos grandes vertientes: aquellas personas que lo utilizaban de forma más personal, y aquellas que lo utilizaban de forma más creativa. Algunas (las más diestras en la práctica) incluso jugaban con las dos variantes, en una misma foto o en fotos diferentes.

En mi caso, la línea estaba clara. El autorretrato era un trabajo personal, emocional y totalmente visceral.

Tras retratarme, muchas veces sentía cómo el peso en los hombros se aligeraba. Observar mi rostro en la pantalla era revelador. En cada ocasión descubría un poco más sobre mí, sobre aquellas cosas en las que no había querido ahondar porque eran dolorosas. El autorretrato, sin duda, fue de mucha ayuda para reconocerme y después, tras un proceso arduo, para aceptarme.

No te voy a mentir, ni ese camino fue, ni es fácil. En algunas ocasiones doloroso.

Cuando miras tu retrato, te enfrentas a tu realidad. Ahí están tu cansancio, los rasgos de ti que no te gustan, los gestos que todos cuestionan. Reflexionas sobre lo que ves. ¿Por qué estás así? ¿Qué hay detrás de esa mirada? Nunca me había visto de esa manera. ¿Por qué siento rabia, pena, timidez?

El conocimiento que adquieres de ti es increíble. Pero hay que echarle valor.

Con el tiempo se hace más llevadero y cada vez te reconoces más en los autorretratos que ves. El siguiente paso es aprender a mirarte sin rencor. Es algo así como decirte «es lo que hay y, ¿sabéis qué? Lo que hay está bien”.

Es entonces cuando llega tu abrazo. Ya te estás queriendo más y mejor.

Procesos a través de la fotografía | Diario

Procesos a través de la fotografía | Diario

Este artículo pertenece a una nueva serie que comienzo. El 2018 comienza fuerte a nivel personal y es hora de mirar un poco hacia atrás, resumir y hacer balance para continuar avanzando.

Si te quedas por aquí, gracias por acompañarme en la aventura. 

Si decides marchar, gracias por el tiempo que pasamos juntas. Nunca lo olvidaré ♥


Estoy de celebración, es mi cumpleaños con la fotografía. Febrero es el mes en el que empecé mi primer proyecto fotográfico, hace ya 7 años. En ese momento estaba decidida a aprender a utilizar la cámara en manual, y poco más. Bueno, eso y hacerle mejores fotos al Señor Bajito, muy bajito por aquel entonces.

Desde ese mes hasta ahora he aprendido mucho. Y no tanto de fotografía como sobre mí.

Cuando comencé más en serio con ella, me encontraba en un momento vital: la maternidad reciente y el mundo patas arriba.

Todos tenemos un punto de inflexión que nos obliga a pensar y tomar decisiones. A cambiar las piezas que no encajan en el rompecabezas que es nuestra vida.

A cada persona le llega a su momento. El mío llegó el día en el que supe que iba ser madre.

Sentía una mezcla de emociones brutal. Nunca las había experimentado con tanta intensidad. Se me presentaron dilemas que antes no me habían surgido o sobre los que no había reflexionado tan a fondo.

Tenía que cuidar a una personita, guiarla y quererla. Y quería hacerlo de una forma respetuosa. Deseaba con todas mis fuerzas evitarle todas aquellas frases hirientes, imposiciones ilógicas y lavados de cerebro que yo me había encontrado durante mi infancia y adolescencia. Cuánta responsabilidad, cielos. Era hasta doloroso.

Con la llegada de la maternidad, todo se transforma. Cuando eres madre, el temporal que tú has sido capaz de capear, no estás dispuesta a que lo sufra tu hijo.

Comienzas a pensar en lo que quieres transmitirle. Te preocupa su educación, así que repasas cuál ha sido la tuya y sucede lo inevitable. Sale a la luz todo lo que en su momento reprimiste.

Yo descubrí algo impactante: hasta ese momento había sido la persona que otros querían que fuera. Hecha a la imagen de lo que el conjunto de la sociedad creía que era lo correcto. ¿O a ti no te han dicho alguna de estas lindezas?: “¿Vas a ir con esas pintas?”, “A ver si sonríes un poco, mujer”, “Tienes que comer más”, “Cuídate, que te veo mala cara”, “¿Has engordado, no?”, “Pero juega con esos niños”, “Sal con tus amigas, que te dé el aire”, “¿No crees que sales demasiado?”. Y así hasta el infinito.

Parecía que nunca era una persona válida. Tal y como yo era, estaba mal.

Y como la vida sigue, no dices nada. Lo asumes, después de todo tú aprendes a gestionar tus sentimientos. Lo digieres y sigues adelante. Sin embargo, que sobrevivas no significa que lo hayas olvidado o que creas que está bien. Eso nunca.

Así que, Rebeca, pensé, lejos de “educarte”, lo que han pretendido toda la vida era corregirte y modelarte. Han creado a una persona que realmente no eres tú. No te han dejado ser quien de verdad eres.

En el instante en el que llegas a esa conclusión, te das cuenta de que eres 2 personas a la vez: la que te han obligado a ser, y la que de verdad eres. ¿Me explico? Sé que es complicado.

Te enfrentas a una dualidad. ¿Quién soy entonces? Voy a ser madre y necesito aclarar esta pregunta para saber cómo voy a cuidar de mi hijo, cómo voy a hablarle y a enseñarle. Aquí es donde la fotografía jugó un papel importante. 

La fotografía me ayudó (y lo sigue haciendo) a ver quién soy de verdad.

Observar una fotografía tuya, es como estudiar a fondo tu imagen en un espejo.

Cuando nos ponemos frente al espejo, la mayoría de las veces nos miramos, pero no nos vemos.

Sólo cuando nos tomamos el tiempo adecuado para ver más allá de la imagen, comenzamos a atravesar la carne y llegar a nuestro alma. Son esas ocasiones en las que nuestra primera reacción es sentir vergüenza y apartar la mirada.

Si no puedes soportarlo, tan solo tienes que mirar hacia otro lado o irte, y el reflejo desaparecerá. Pero en una foto estás “atrapada”, no puedes escapar de esa visión. Está ahí, incluso cuando te vayas.

Para mí, ser madre es como ir con un espejo cargado constantemente, de cuyo reflejo no puedes escapar. Lo estudias, lo cuestionas a diario para conocerte y poder ser la mejor versión de ti. Y en este sentido, en la fotografía encontré la herramienta perfecta analizarme, conocer y canalizar todas esas emociones y preguntas que la maternidad me provocó. Fue mi compañera más fiel.

La fotografía me ha escuchado cuando lo he necesitado, me ha dado tiempo sin meter prisa, hemos reído y llorado juntas… Y a parte de mi trabajo a tiempo completo, es mi forma de entender la vida.

Tanto es así, que a veces miro atrás y cuando veo la evolución técnica, el cambio en los gustos, en la forma de ver y de plasmar la realidad, me siento orgullosa. Pero no de las fotos, sino de mí, del camino recorrido y de los muros que he tirado.

Ya me reconozco a través de la fotografía que hago. Es una prolongación de mí misma.

Los primeros clicks.

Pero comencemos por el principio.

Febrero del 2011. Cámara y manual en mano. De esta vez no pasa, voy a aprender a hacer fotos en manual.

Y así fue. No fue ni el primer intento, ni el segundo, ni el tercero, pero había llegado el momento. Quizás se trate de eso, de que sea el instante adecuado.

Si llevas un tiempo por aquí, me habrás oído contar que empecé embarcándome en un 365. Una foto por día durante un año era de una exigencia tremenda para mí, que me creía poco constante y muy veleta. Pero lo conseguí.

Recuerdo que al comenzar, seguía varias cuentas en Flickr de fotógrafas que hacían proyectos como este y que se trabajaban sobre el autorretrato. Las admiraba sólo por el hecho de enfrentarse a la cámara. ¡Pero hacerlo cada día! Era increíble e impensable para mí.

Para mi sorpresa, el autorretrato se coló en mi vida muy pronto en este proyecto. Y aunque hacía muchas fotos de otros temas que poco o nada tenían que ver, seguía jugando con él cada cierto tiempo. Hacia el final del año, se hizo más y más frecuente, hasta que se convirtió en una forma de desahogo brutal con la que cada vez me sentía más cómoda.

Pero del autorretrato y de mi forma de entenderlo te quiero hablar otro día. Que se nos está haciendo tarde, y tu tiempo es oro.

Hasta el próximo martes ♥

Hay que tener valor para abrir un álbum de fotos

Hay que tener valor para abrir un álbum de fotos

Hay algo heroico en ir a por ese álbum familiar que guardas con mimo y abrirlo.

Porque una vez que se abre un álbum de fotos, ¿quién sabe lo que puede ocurrir?: que se escapen los recuerdos, que se desencadenen tormentas de nostalgia, que se prenda una chispa en la imaginación. Cualquier cosa.

Y es que lo hagas a solas o acompañada, hay que tener valor. También, ganas de revivir cada momento.

Coge aire y ten coraje, pero ve con cuidado. Estás perturbando la paz del lugar donde habitan los recuerdos.

Si el álbum está bien ordenado, bien hecho, bien formado, la experiencia se parece a la de leer un buen libro.

Tienes que estar preparada, porque tan sólo el tacto de una buena cubierta ya puede provocarte deseos irrefrenables de seguir tocando. Sé fuerte, y continúa, no te quedes ahí pasando suavemente tu mano sobre la tela. Recuerda que lo importante está en el interior.

Ahora sí, la aventura comienza.

Érase una vez… tu vida.

Los recuerdos y las sonrisas se van sucediendo a lo largo de sus páginas. Puede que, incluso, alguna lágrima irrefrenable consiga asomarse. No te preocupes.

En cuanto comprendas que esa lágrima proviene de la felicidad, de saber que todos esos momentos son tuyos, desaparecerá o se convertirá en una risa loca.

Si compartes la experiencia de ver un álbum con más gente, es inevitable que se aviven los recuerdos con una conversación.

¿Te acuerdas de esto?

— ¡Mira, aquí llevabas tu camiseta favorita!

—Qué foto más bonita.

—Recuerdo que ese día hacía un tiempo estupendo y por eso decidimos ir a este lugar.

Cafés, horas de conversación, nostalgia, alegría… una nunca sabe qué saldrá de entre las páginas de un álbum de fotos. Porque es allí donde habitan los recuerdos más nítidos y en cuanto los dejas salir, adquieren vida propia.

Por suerte, cuando cierras un álbum y lo dejas en su lugar, lo haces con la certeza y la tranquilidad de que volverás a verlo. Siempre que lo necesites, estará allí para ayudarte a recordar aquello que se va desdibujando en tu memoria.

Hay que tener mucho valor para abrir un álbum de fotos. Pero también para cerrarlo.

Ahí dentro dejas mucha vida vivida, alegrías compartidas, personas que quieres. Pero qué satisfactorio es poseer al menos un álbum. Qué reconfortante es acudir a sus imágenes de vez en cuando. Qué valor incalculable tiene este tesoro al alcance de todos.

¡Larga vida a los álbumes de fotos!

Estos sí son los momentos más importantes de tu vida

Estos sí son los momentos más importantes de tu vida

En cuanto a celebraciones se refiere, crecemos pensando que el día de nuestra boda es el más importante de nuestras vidas. Lo preparamos con mucho tiempo de antelación, mimamos cada detalle, tiramos la casa por la ventana.

Cumpleaños, bautizos, nocheviejas. Toda la vida celebrando (y asistiendo a) situaciones y momentos especiales, pero al final, las bodas son las que se llevan el puesto número uno de la planificación e inversión.

Y sí, es un día de alegría y de compartir con el resto, no me entiendas mal. Pero sinceramente, para mí no fue el día más importante de mi vida.

Es verdad que nunca he sido fan de estas celebraciones y que en mi caso, por cómo somos, fue un mero trámite burocrático sin más, un contrato entre mi compañero y yo. Porque a la hora de formalizar papeles, era más sencillo así, básicamente.
Para nosotros, la celebración de una boda tradicional nunca fue una necesidad; tan sólo se trataba de hacer oficial lo que ya sabíamos: que seríamos un equipo, compinches de vida, y que eso es así porque nos queremos.

Si lo pienso, con honestidad, tengo que decir que hemos vivido muchos más momentos al margen de ese que de verdad eran importantes para nosotros.

Y para ti, ¿cuál sería el momento más valioso de todos cuantos has vivido?

El más importante de todos

Si me preguntas cuál es el momento más importante, creo que no sabría decirte uno sólo. Pero sí creo que los dos, mi compañero y yo, coincidiríamos en que en todos, o en casi todos, El Señor Bajito está presente.

Mientras escribo este artículo, recuerdo la sensación que me invadió cuando me enteré de que estaba embarazada. Incredulidad, miedo, alegría y dosis enormes de responsabilidad se apoderaron de mí. Llevábamos algunos meses buscando el embarazo, pero cuando por fin llegó, la noticia nos inundó de sorpresa por todo lo que provocó en nosotros.

Sentir la vida en mi interior ha sido una de mis mejores experiencias. Me encantaba estar embarazada, aunque había momentos cansados  e incómodos, en general fue lo más increíble que he hecho en la vida.

Parir. Acción brutal que no disfruté todo lo que quería, pero que sin duda me hizo mucho más consciente de mí y de mis capacidades.

Amamantar, portear, ver crecer a mi hijo… Sin duda son vivencias maravillosas y todas merecen ser inmortalizadas.

El tiempo no vuelve

Creo que te lo he contado alguna vez. Cuando estaba embarazada quería hacerme fotos, fotos bonitas, recordar ese momento para siempre, disfrutar de esa enorme barriga. Pero al final no lo hice y me arrepiento. No sabes cuánto.

Ahora, con cada sesión de embarazo que hago, me quito un poco de esa espinita que tengo clavada.

Porque los años no vuelven, pero veo la sesión de embarazo de María acompañada de su hija Lucía y la felicidad que desprenden, la manera en la que interactúan, hacen que me reconcilie con el tiempo.


Pienso en lo bonito que habría sido tener algo parecido de mi propia experiencia pero canalizo mi nostalgia a través de lo que ellas me muestran: ternura, complicidad y mucha diversión. Siento que las estoy ayudando a preservar su momento, uno de los más importantes de verdad, y eso me hace sentir realmente bien.

Esta es una de mis sesiones favoritas de cuantas he realizado. Estas chicas me encantan, ¡qué te voy a decir!

¿Y después?

Después nació un precioso bebé llamado Lucas. Ya tiene 6 meses y ha venido a regalarme más instantes preciosos al estudio este pasado sábado.

Me encanta verles juntos, capturar sus miradas, las muestras de cariño y lo preciosos que son.

 

Si en tu vida hay varios momentos destacables, ¿por qué sólo te vuelcas en uno?

A lo largo de los años tienes experiencias increíbles que, seguramente, te gustaría recordar más adelante, ¿verdad?

Ahora mismo se me ocurren un puñado: las construcciones con el juego de Lego que se marca el Señor Bajito, los fines de semana que pasamos en Coo y cómo nos sentimos cuando desconectamos de todo allí, las reuniones en casa de los amigos (las risas que nos echamos, las charlas sesudas que de tan filosóficas y enredadas acaban siendo absurdas, lo a gusto que nos encontramos todos juntos).

Hay un sinfín de pequeños momentos que lo son todo para nosotros. Y normalmente no necesitan de planificación, ni banquetes ni grandes festejos.

Te animo a que medites un poco sobre esto, que cojas tu cámara y te dejes llevar por lo que sucede a tu alrededor. Están ocurriendo acontecimientos maravillosos cargados de significado que son tan valiosos como escurridizos.

Esa mirada cargada de luz, una sonrisa a la que ya le falta un diente de leche, el modo en el que pronuncia «mamá». Ese dibujo que te acaba de hacer. La asombrosa manera en la que te levanta un mal día. ¿En verdad no son éstos los momentos más importantes de la vida?

Amor verdadero

Amor verdadero

Quiero avisarte de que esta entrada es muy, pero que muy personal, así que discúlpame si algo de lo que digo te incomoda. No es para nada mi intención. Sólo trato de ser sincera con un concepto de celebración que me enoja.

Ahí va.

Nadie me dice ni cuando tengo que amar ni a quién.

Qué a gusto me he quedado.

Estaba yo pensando en que hoy es San Valentín, y en lo poco que me agradan estas fechas del calendario que nos marcan. Una que es de carácter rebelde, y no puede evitar sentirse dirigida en estos momentos del año. Puedes imaginarme gritando a cada anuncio que veo “¡A mí me vas a decir tú cuándo tengo que querer y regalar!” y no equivocarte.

El momento en el que empezamos a comercializar el amor, a ponerle un precio y envolverlo en regalo, en ese momento, perdimos un poco más el norte y fuimos un poco menos humanos.

Siento comenzar de forma tan brusca, pero es que me encorajino.

El amor verdadero.

¿Qué es? ¿Cómo sabes que lo tienes? ¿Cuánto dura? Preguntas de difícil respuesta. Pero esto es lo que pienso.

La empatía es un don preciado, poderoso y, como todo lo bueno, escaso. Casi en peligro de extinción.
La capacidad de ponerse en el pellejo de otro para poder sentir y padecer como el prójimo te puede llevar al conocimiento de un estado emocional, de una situación determinada y, claro está, de las personas.

Pero por mucha empatía que poseas, existen experiencias que son imposibles de simular. Como la maternidad y la paternidad.

Siempre puedes tratar de entenderla (y el sólo intento es ya un acto generoso), pero la realidad es que, por mucho que te acerques, nunca sabrás cómo es gestionar el pelotazo emocional que supone tener un hijo. Uno no tiene ni idea de lo que se siente, tanto en los buenos como en los malos momentos, hasta que no tienes uno.

Ellos te ponen a prueba cada día, te hacen sentir la mejor madre y la peor persona en un lapso de tiempo de 10 minutos, y ponen en marcha tu capacidad de amar sin condiciones y con un arrebato que nunca imaginaste que podrías vivir en tus propias carnes. Ese para mí, es el amor más verdadero.

Claro que hay otros, y maravillosos también. Pero este es el único que no necesita de campañas publicitarias, ni diamantes para siempre, ni cuidados superficiales. Es visceral y animal. Nace de las entrañas, no ha necesitado de fase de enamoramiento, ni que le pidas salir (sé que eso ya no se lleva, pero es un decir…), ni whatsapps con emoticonos de corazones. Es así y punto. Tan sencillo como primitivo. Genuino. Arrollador. Definitivo. Amas a tu hijo y nada puede interponerse en ese amor.

Es bestial, en serio.

Yo te quiero… fotografiar.

Claro que sí, no te voy a engañar. Es mi trabajo, es lo que me gusta hacer. Pero ahora y siempre, cualquier día del año.

Estos dos ojos verdes que tengo han visto pasar delante de mi cámara mucho amor. Entre padres e hijos. Entre hermanos. Entre parejas. Entre abuelos y nietos. Entre amigos.

De todas las edades, colores y naturaleza. En verano y en invierno.

Hay que ver cuánta rebeldía. ¿Cómo se os ocurre? Amar y regalar fuera de fecha.

Tenéis corazones indomables 🙂

El amor, a secas.

Pero la verdad es que lo pienso y, ¿quién soy yo para intentar definir qué es el amor?

He dado mi versión sincera. Pero, por supuesto, cada uno tiene sus propias experiencias vitales y sentimentales que pueden ser tan enérgicas como la de una madre hacia su hijo. Y llenas de verdad.

Y en el realidad lo que importa es que intentes rodearte de todo el amor que puedas. Haz acopio. Y cuídalo.

Que sea del bueno. Del que te saca sonrisas. Del sincero. Del que te respeta. Incluso del que te admira. Del que te da libertad. Y en cuanto te descuidas, te achucha con un abrazo. Del que está en lo bueno y en lo malo. Sin condiciones. Y celébralo cuando te dé la gana (incluso hoy, en San Valentín, si quieres ¿eh? Faltaría más), cuántas veces quieras y con la intensidad que te pida el cuerpo.

¡No te olvides de uno especialmente valioso y al que, por lo general, prestamos poca atención! Quiérete mucho a ti. Mímate. Regálate cosas. Dedícate palabras bonitas. Enamórate cada día un poco más de ti. Y así el mundo caerá enamorado a tus pies (y si no, él se lo pierde).

Y, por supuesto, también, quiere mucho. Da tanto amor como recibas. O más. Que el mundo lo necesita. Pero sin que nadie te diga cuándo, cuánto ni a quién. Ni siquiera yo.

Un abrazo, con todo mi 

Por qué soy una espectadora privilegiada

Por qué soy una espectadora privilegiada

Cuando te pasa algo maravilloso, ¿no corres a contárselo a alguien? Si te sucede algo fuera de lo normal, ¿no sientes que si no lo hablas con alguien te va a estallar el corazón? Lo bonito está para compartirlo. Si no, no tiene gracia. Y además, así se disfruta el doble.

Por ese motivo, para celebrar el 2º cumpleaños de mi estudio fotográfico, decidí ofrecer sesiones gratuitas, cortas pero intensas, los sábados de febrero. Para compartir mi alegría. Si me la quedaba solo para mí, pues se me hacía corta y sin sentido. Mejor expandirla por el universo. ¿Y qué mejor manera que fotografiando a mis familias?

Dicho y hecho. Este último sábado, tuve la primera tanda de mini sesiones con las familias que se acercaron al estudio a celebrar conmigo el aniversario.

Y a pesar de que las fotos de estudio no son lo que más me gusta (me siento un poco encerrada y prefiero la libertad que te permite una sesión en exterior o la naturalidad de tu hogar), he disfrutado de este primer sábado de sesiones de una forma que no habría imaginado. Y la razón es una: poder ver vuestras familias crecer.

Es precioso ver a tu propio niño crecer, a tu pareja evolucionar a tu lado, a comprobar como el entorno, tu casa, tus hábitos, tú misma, cambiáis a lo largo de los años. Pero tengo que decirte una cosa. Soy una espectadora privilegiada. Puedo ver, además, cómo se transforma tu familia. Y eso, querida mía, es una experiencia digna de ser compartida también.

Hoy voy a dejar que las imágenes hablen por sí solas y yo me voy a quedar aquí, calladita, observando las fotografías pasar. Con una sonrisa en la cara y pensando en el próximo sábado.

La sesión de embarazo de Patricia (el antes).

Este tipo de sesiones suelen ser más tranquilas (por razones obvias) y algo menos naturales. Cuando hay niños de por medio, todo es más movido y al estar más pendientes de ellos, al final acabas olvidándote de la cámara. Son ellos quienes marcan el ritmo.

Pero cuando el peque todavía no está aquí, la sesión es más estática y la protagonista acaba posando un poco (aunque yo siempre estoy a la caza del momento más natural, sin que te des cuenta).

Aun así, la belleza de la maternidad siempre resulta impactante. Patricia estaba así de guapa. Y es que la alegría no se puede esconder. Siempre sale, a raudales y sin pretenderlo.

Patricia y su familia: una sesión de estudio (el después).

Así que hace dos años, Patricia venía para hacerse una sesión de fotos a lo grande, con su peque en camino. Y este sábado he podido descubrir su carita. La he visto caminar, reír, alborotar al personal, y he conocido a su papá. ¿No es maravilloso? Lo es, mucho. Se apodera de mí un buen rollo descomunal. Siento que mi trabajo tiene sentido.

Mirad y sonreíd, como lo estoy haciendo yo.

Así que, sí, puedo decir en voz alta que soy una espectadora privilegiada. Que me siento con suerte cuando se me da la oportunidad de contemplar algo así.

Ya estoy pensando en el sábado que viene. En las familias que vendrán al estudio. ¿Qué nuevas sorpresas me deparará? ¿Seré testigo de más antes y después? Ya te contaré.

¡Feliz semana!

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