La pasada semana, en Instagram, hice un directo para hablar sobre un nuevo proyecto fotográfico con el que llevo en la cabeza desde hace más de tres años. La idea y las ganas de desarrollarlo nacían cuando terminaba el primer proyecto que realicé: Hazme Libre.

Y hoy quiero rescatarlo para contarte más sobre este proyecto y sobre lo que supuso para mí a nivel personal y emocional.

La maternidad y la fotografía.

Como muchas de las que estáis por aquí, me acerqué a la fotografía de la mano de mi hijo. Aunque me fascinaba y me llamaba mucho la atención desde adolescente, no fue hasta los veintinueve y con un niño de año y medio, que me lancé con esto de la foto. 

Y lo hice con dos ideas claras:

  • La primera: predicar con el ejemplo. Desde antes de ser madre, solo deseaba una cosa si en alguna ocasión tenía un hijo: que este se sintiera libre, libre de ser quien quisiera. Pero ya sabemos que tratar de convencer a las hijas y los hijos mediante el discurso, es tarea casi imposible, especialmente si nuestros actos no van acordes a eso que les decimos. Así que me arremangué el miedo al fracaso, y me puse a aprender eso que siempre quise hacer.
  • La segunda: la única premisa que tenía que seguir para hacer fotos era disfrutar. Si en algún momento no se daba, por la razón que fuese, todo dejaría de tener sentido. No me inicié en la fotografía pensando en dedicarme a ella, solo en hacer algo que siempre había querido hacer y disfrutar de ello.

Por supuesto, la mayoría de las fotos que realizaba se las hacía a mi hijo. Pero no solo a él. Cuando estaba rodeada de otras criaturas, había algo que me llamaba para que hiciese fotos. Yo no sabía muy bien por qué me ocurría aquello, pero me limitaba a hacerlo, porque el cuerpo me lo pedía. Pero te voy a adelantar algo: quería mirar la infancia, observar y aprender de ella. Buscaba completar una historia que tenía incompleta.

Despedirse de lo que termina.

De aquella no sabía que estaba haciendo un proyecto. Eso vino después, casi al final. Cuando sentí que, a nivel personal, estaba cerrando un capítulo, una etapa. Me di cuenta de que ya no tenía tanto interés en fotografiar la infancia, que mi interés fotográfico estaba cambiando el foco hacia otro lugar. 

La primera vez que fui consciente de ello, sentí un pellizco en el corazoncito. Pero fue en ese momento cuando quise cerrar, esta vez sí, y despedirme como merecía, de ocho años de observar a mi niña interior a través de mi hijo y otras criaturas de las que he podido disfrutar a lo largo de los años.

Siento que en esta sociedad el proceso de despedirse no se lleva mucho, como todas esas emociones negativas de las que siempre es mejor huir, porque incomodan. Pero hacerlo es una liberación que ayuda a continuar hacia delante. 

Así que me puse manos a la obra y contacté con varias personas que me ayudaran a dar forma a una exposición donde pudiera ver y compartir mi trabajo.

Fue un proceso precioso, y fue durante el transcurso de este, que descubrí lo que había estado haciendo al fotografiar la infancia. Había encontrado mi discurso, mi forma de contar lo que era para mí la infancia y lo que deseaba para ella, aunque para mí no hubiera sido posible: hacerla libre.

Conclusiones sobre la infancia a las que llegué tras terminar mi proyecto.

Llegué a muchas conclusiones y reflexiones a lo largo de este camino. Pero hoy te traigo tres, que para mí, son las más importantes.

  • Saltarse etapas o no despedirse de ellas tiene consecuencias.

Lo comentaba antes. Me parece necesario e incluso vital, cerrar capítulos. No hacerlo trae consecuencias a medio y largo plazo. Se quedan cosas en el aire a las que te aferras a lo largo de los años. Y eso acaba pesando. Observar la infancia desde el respeto y el amor que me hubiera gustado encontrar cuando era pequeña, fue mi forma de despedirme de decir adiós a una Rebeca pequeña, vulnerable y llena de miedos. Solo así he podido soltar y darme cuenta de que puedo con lo siguiente que está por venir.

  • La infancia no es fácil, ni cómoda, ni tan feliz como nos la pintan.

Nos venden una imagen idealizada de la infancia, como de casi todo: la infancia es alegre, no tiene problemas y todo es de colorinchis, arcoíris y unicornios. Pues yo, teniendo una infancia normal, sin ninguna experiencia vital especialmente desagradable (a priori), no la viví así.

Observar a mi hijo me permitió darme cuenta de que en la infancia hay toneladas de frustración, de deseos coartados y de sueños que no se cumplen. Y no digo que esto no tenga que ser así. Pero dar validez a esas vivencias no tan “felices”, quita un gran peso de encima.

  • Acompañar a una hija o hijo cuando no has cerrado tu infancia, hace el trabajo mucho más duro.

Ser madre es muy duro. Que sí, que es maravilloso, y que no lo cambiamos por nada, eso también es una realidad. Pero es muy duro también. Lo uno no quita lo otro. Y enfrentarte a la maternidad con una etapa inconclusa lo dificulta todo mucho más. 

Yo siento que es como saltarse un capítulo de un libro. Cuando te ponen a la criatura en el brazo nadie te ha explicado que vas a tener que acompañar muchas de las vivencias que tú aún tienes (sin saberlo) en carne viva aún. Y claro te falta información, las herramientas… y con ello la calma, la paciencia y el cariño para sostener y acompañar bonito.

La fotografía fue mi compañera, mi herramienta de observación y mi forma de cerrar una etapa vital muy importante. A mi modo de ver, la más importante. En ella se asientan todas las bases de las personas adultas que serán. Y es nuestra responsabilidad como adultas, acompañar bonito para que ellas y ellos crezcan libres <3.

Hazme Libre es el capítulo del libro que me salté. Y aunque puede que el camino haya sido más intenso y complicado, he sido capaz de reescribirlo para continuar, ahora sí, con toda la información.

Si te apetece saber más de mi forma de fotografiar la infancia, el próximo día 14 a las 21.30 (huso horario de Madrid) estaré en directo hablando de ello en mi clase abierta de junio, y estás más que invitada. Puedes unirte aquí.

Feliz semana.

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